26/4/17

Minificción 2




Hubo un lugar en el que crecía yerba de color verde azulado. Su cielo era púrpura, las nubes, índigo. Las mujeres tenían en su piel la iridiscencia del arcoíris, y en sus lunares en forma de volutas, el brillo de una estela.  

Era un lugar peculiar, pues anochecía más rápido de lo que amanecía, y las flores se marchitaban al ser tocadas por las gotas rojas del rocío que brotaban de los senos del cielo, esas flores, que en realidad no lo eran, volaban con sus pequeñas alas de luciérnaga en las noches de auroras boreales. 

La ciudad era invisible a todos, sólo los de adentro sabían de su existencia y claramente se sentían atrapados por una burbuja estelar que los exiliaba, sabían que afuera había otro mundo habitado pero tampoco podían acceder a él. En cambio, los de afuera ni siquiera en sueños hubieran adivinado que el horizonte vacío pudiera existir algo. 

En este lugar, sólo se veía con los ojos cerrados, el amanecer era impresionante, la luz del sol se reflejaba atrás de una montaña gélida y cristalina que daba la ilusión de estar viendo a través de una enorme lupa. Ningún ojo resistía su potente destello. 

Pero hubo alguien de afuera que había logrado ver esta ciudad, tenía ojos felinos, vislumbró la forma laberíntica que lo incitaba a entrar, pero nunca lo consiguió. A pesar de ello, fue tanta la emoción del gran hallazgo que lo fue contando de pueblo en pueblo, de persona en persona pero nadie le creía. Y no son culpables, porque después de todo, ¿quién le puede creer a un gato que habla?








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