A veces me resultas
insoportable, o casi siempre.
Veo el espacio tan reducido que hay entre
nosotros, me purga el tener que compartir un cuarto reducido, una mesa
reducida, el mismo baño, tu expresión estúpida todas las mañanas…
Muchas veces me han dado
ganas de hundirte la cara en la cafetera, hasta que tu cara se desolle o hasta
que te ahogues. O jalarte los cabellos hasta arrancarlos de tu cabeza,
empujarte escaleras abajo, aventarte a la carretera.
O matarme, por el simple gusto
de hacerte sufrir.
Pero a la vez pienso, que si me muero, pondrás tu cara de
hipócrita y le dirás a la familia que no entiendes por qué lo hice, que todo iba
bien conmigo y que los últimos años me dabas cuidados y todo lo necesario para
que fuera feliz, pero que yo era rebelde.
Entonces, abandono mis ideas.
Otras veces me das lástima,
te veo acabada, invadida por quien sabe cuantos males, te veo torpe y siento
que no sobrevivirías sola. Te veo vulnerable, hasta me dan ganas de abrazarte.
Pero no lo hago, y recuerdo otra vez lo mucho que me das igual.
Me da asco tu pose de
sabelotodo, tus “buenos modales” y tu gran experiencia en la vida. Me das
tedio, cuando en las reuniones te jactas de decir que tú viviste ya lo
suficiente, pero después tus acciones contradicen tus argumentos. Me provoca
apretarte el cuello hasta callarte para siempre.
Tampoco lo hago.
Y no lo hago, no porque te
ame aún, sino porque ni siquiera con eso podría deshacerme de todo lo que
siento. Porque si te mueres, yo no estaría dispuesta a cargar con tu fantasma
toda la vida.
Por eso, he decidido irme
para siempre, lejos de ti. No me busques nunca y sí, tienes concedido el
permiso para culparme a mí por esto, decir que yo siempre he sido rebelde y que
no entiendes mis motivos para haberme ido; porque podrás decirlo, pero tú y yo
conocemos muy bien los motivos y que la culpa no es toda mía.
Por cierto, feliz
cumpleaños, mamá.